Todo comenzó en 2006 en La Habana, bajo el impulso de la cooperación con la Universidad de Alicante, cuando decidimos registrar lo invisible: comprender que una urbe no está hecha exclusivamente de piedra o arquitectura, sino de anhelos, de recuerdos y de la gente que la habita.
Los nombres de Mirta, Raudel, Luisito, Óscar, Rafael, Ramiro… laten en el origen de este proyecto, donde con cada uno se trabajó de la misma manera: primero, una entrevista en vídeo para capturar un sueño (ese deseo secreto que actúa, en nuestras vidas, como el verdadero motor de todo) y después, la alquimia del fotomontaje como un instrumento capaz de sustituir la fragilidad del recuerdo por la perennidad del papel.
No fui ese fotógrafo que congela una realidad, ni ellos/as los rostros que posan para el olvido; fuimos cómplices en el intento de burlar al tiempo. Nos sentamos frente a frente, encendimos una cámara de vídeo y dejamos hablar a los deseos silenciosos; esos estímulos secretos que nos mantienen vivos. En ese instante, sus palabras dejaron de ser aire para convertirse en el mapa de una arquitectura invisible. Entrar en los vacíos del alma ajena exige delicadeza. Juntos decidimos que la fotografía no tenía por qué conformarse con registrar lo que existe; podíamos usarla para fundar lo que se anhela. Entre la entrevista compartida y la alquimia del fotomontaje, construimos un refugio de papel donde el tiempo no corroe, donde la mala memoria no tiene acceso y donde el abrazo interrumpido permanece sucediendo, a salvo.
Al final, este viaje de dos décadas nos ha transformado a todos y a todas. Al mirarse en el cristal, allí donde el espectador se descubre reflejado en el cubo, el retratado comprende que ya no está solo en su nostalgia, y quien observa desde fuera asume que su propia mirada es la que termina de romper la quietud de la imagen. Veinte años después, estas piezas nos devuelven la certeza de que las ciudades no se sostienen exclusivamente por la solidez de sus muros o la fijeza de sus piedras, sino por la verdad de los encuentros que fuimos capaces de provocar en la distancia, por las miradas que las recorren y por los deseos de su gente, que son, al fin y al cabo, la única condición para que la urbe exista.
Escucha aquí los audios de sus deseos: